Sobre el derecho ¿universal? a perdonar

01.02.2023

Uno de los acontecimientos cinematográficos para mi generación en la Ibero fue La misión (1986), la producción británica dirigida por Roland Joffe, musicalizada por Ennio Morricone y protagonizada por Robert De Niro. En su cima narrativa, el arrepentido Rodrigo Mendoza alcanza, con todo su pasado a cuestas, a la comunidad indígena detrás de las cataratas y ésta, que le teme al inicio, termina perdonándolo. Luego todos ríen: el más temido y osado de los conquistadores se transforma así en el más creativo y entusiasta de los misioneros. Y el perdón, claramente, forma parte de su conversión.


Foto: Leonel Narváez (derecha), fundador y presidente de la Fundación para la Reconciliación, recibe un reconocimiento de la Unesco por su labor de mediación para la paz y la reconciliación.


Nos preguntamos si, más allá de nuestro entusiasmo, el perdón constituye un valor de exportación de la tradición nuestra al patrimonio moral común, que se ha llamado ética mínima; si podemos y de qué manera ofertarlo a todos, pensando especialmente en las víctimas de sociedades fracturadas por las violencias, urgidas de hacer las paces, aspirantes a la normalidad democrática.

La noción de ética mínima fue desarrollada por la filósofa valenciana Adela Cortina en el entorno político inmediato posterior a la promulgación de la primera Constitución no confesional de España en 1978, tres años después de la muerte de Franco.

Hasta entonces el bagaje católico, aunque de facto no era abrazado por todos, aparentaba dar al país un horizonte ético común, así como un entorno cultural claro y cálido. Pero muerto Franco, el dinamismo de la democracia emergente, que finalmente se reconocía de jure plural, los invitaba, como a cualquier sociedad abierta, a distinguir entre las éticas de máximos, expresión de las diversas nociones de felicidad (y de las ofertas de sentido que en ellas coexisten), y la ética de mínimos, que invita por igual a todos los miembros de una comunidad política, tiene a la justicia como contenido esencial y constituye una protección contra la deshumanización.

Comprender este llamado de su tiempo y formularlo de una manera solvente filosóficamente es una de las virtudes de Adela y, luego, del genial equipo de filósofos que se agrupan en torno a ella y a Jesús Conill, la llamada escuela de Valencia. En vano sería discutir qué fue primero, si la gallina de la filosofía valenciana o el huevo de la democracia española. Fijadas las fronteras de la ética cívica y las de máximos, Cortina (Doctora Honoris Causa de nuestra Universidad) sugiere no sólo contenidos para las mismas, sino también pautas para el diálogo entre ellas para su mutuo enriquecimiento. Todo territorio demanda contenidos.

Si las éticas procedimentalistas han sido criticadas por construir conjuntos vacíos, la versión cálida de la ética del discurso se ha aventurado a proponer contenidos específicos -valores, normas, temas y propuestas- para poblar ambas demarcaciones. Propone, además, decíamos, algunas reglas concretas para la migración entre sus dos países: los máximos engendran a los mínimos. Las expresiones de ética mínima, como los derechos humanos, encuentran su génesis histórica en tradiciones éticas ancestrales. Esto significa que antes de ser reconocidas como una invitación para la ética cívica fueron abrazadas por alguna comunidad de ética de máximos. Los mínimos purifican a los máximos. Es decir, las comunidades tradicionales reunidas en torno a visiones compartidas sobre la felicidad y el sentido de la vida pueden cometer fallas a la justicia que están invitadas a trascender desde la guía de la ética mínima.

La intención básica de esta reflexión -considerar para el perdón carta de ciudadanía en el país de la ética mínima- es de inicio problemática. El sentido común vincula al perdón más con la felicidad que con la justicia, al tiempo que lo entiende más bien como elemento de la salud intrapsíquica y, por lo tanto, como una invitación para la conciencia individual. Por otro lado, se le considera un heroísmo impropio de una sociedad democrática, asociado más bien al patrimonio moral de comunidades específicas de éticas de máximos como la judía y la cristiana.

Pero la historia reciente de la ética muestra, junto con las citadas reglas migratorias sugeridas por Cortina, qué principios originarios de las éticas de máximos (como los derechos humanos de tercera y cuarta generación) han sido adoptados por la ética cívica. Dichas reglas nos autorizan al menos a la pretensión anunciada en este texto: dar al perdón este mismo tratamiento, considerarlo un derecho de todos, una virtud política.




¿Cómo justificarlo?

En primer lugar, cabe decir que no son pocos los grupos humanos que claman y reclaman procesos de reconstrucción del tejido social y de reconciliación. Basta voltear los ojos a los periódicos para darse cuenta de ello. En segundo lugar, el perdón puede comprenderse como una estación necesaria en el camino hacia la reconciliación. Puede haber perdón sin reconciliación, pero no reconciliación sin perdón.

Leonel Narváez, titular de la Fundación para la Reconciliación, fue mediador tanto en las negociaciones fallidas entre las FARC y el gobierno colombiano realizadas en El Caguán entre los años 1998 al 2002 como en las realizadas en el 2016 en La Habana que llegaron a buen término. Cuando le preguntaron cuál era el factor clave que había marcado la diferencia entre ambas se limitó a contestar que en Cuba guerrilleros y funcionarios habían cocinado los unos para los otros y que habían compartido la mesa. La comensalidad había sido a su juicio un ámbito fundamental que había permitido a ambas partes deconstruir la imagen del enemigo para que el odio, la rabia y el deseo de venganza no sabotearan la reconciliación.

Las negociaciones fallidas de El Caguán marcaron la biografía intelectual de este activista e investigador colombiano. Su diagnóstico de tan extenuante y frustrado esfuerzo sugiere que no fueron los factores externos y objetivos de la negociación, sino la desconsideración de los elementos internos del mismo (el odio, por ejemplo), lo que la hizo fracasar.

Desde allí inició una investigación sobre el perdón y su pedagogía que cimienta los programas de la Fundación para la Reconciliación que hoy opera en diversos países latinoamericanos.

El perdón se entiende como transformación de la memoria ingrata y cumple, como la citada comensalidad, una función facilitadora de la reconciliación: transforma en nuestra conciencia la imagen del otro como intratable y lo rehabilita como interlocutor válido de negociación, diálogo y encuentro. Es cierto que, como propone la misma Adela Cortina, valores como la solidaridad, la igualdad y la libertad cimientan, aun de manera inconsciente, todo proceso de diálogo. Pero es también cierto que en la fragmentada sociología latinoamericana no son pocos los grupos que han roto la comunicación formal con otros a los que desde hace tiempo dejaron de considerar sus interlocutores. En su caso, la invitación del perdón abre también una puerta hacia la esperanza.

La experiencia de trabajo de la citada Fundación como facilitadora de la reconciliación y su labor con varios miles de ex combatientes reincorporados a la vida civil es la que propone al perdón como condición sine qua non de la reconciliación.

Entender la reconciliación como un clamor real de nuestras sociedades y al perdón como una puerta de acceso a ésta nos pone en el camino de entender al perdón como un derecho. Una virtud asociada al patrimonio moral de algunos grupos, recluida en el ámbito privado de los consultorios y los confesionarios se antoja ahora como virtud política.

Las objeciones a este planteamiento fluyen normalmente por tres cauces: perdonar se ha leído, en primer lugar, como abdicación de la justicia. Se ha asociado, además, tanto por el sentido común como por algunas tradiciones morales, al olvido. "Ni perdón ni olvido" es una reiterada consigna de no pocas manifestaciones latinoamericanas. Finalmente (lo hemos dicho ya de alguna manera) se considera una erogación excesiva, no exigible a nadie.

Frente a esta última objeción habría que decir que está en la naturaleza no sólo el perdón, sino de todo precepto moral, el ser una invitación a la conciencia que no puede ser impuesto a nadie, so pena de perderse del territorio ético. Tal es, nos explica también Adela Cortina, la grandeza y la miseria de toda ética, la paradoja que envuelve nuestro ser estructuralmente moral.

En cuanto a la justicia baste decir que, como contenido esencial de la ética de mínimos, ésta no debe supeditarse ni imponerse como premisa al perdón, que lleva su propio proceso. Algunas tradiciones morales, por considerarlo superior a la justicia se olvidan de ella. Otras, como el marxismo, sensibles a ésta se olvidan de aquél. Ambas posturas extremas conectan en serie perdón y justicia. Nuestra propuesta es que ambos imperativos morales apelan simultáneamente a nuestra conciencia y que, corriendo así, en paralelo, se enriquecen mutuamente y enriquecen por supuesto a la sociedad y a sus individuos.

En cuanto al olvido, podemos decir que, al definir al perdón como una nueva narrativa, que transforma la memoria ingrata, queda claro que éste no sólo no invita al olvido, sino que es incompatible con el mismo. La memoria constituye una necesidad y también un imperativo ético para cualquier sociedad que busca no repetirse. Y el perdón sugiere para ella un giro narrativo en el que los acontecimientos, como ladrillos de una construcción, se reacomodan hasta construir una arquitectura nueva, indolora, bella y liberadora, que nos termina habilitando para hacer historia.

Dr. Eduardo Garza Cuéllar, Comunicólogo por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, con maestría en Desarrollo Humano y doctorado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Trabaja con personas que mejoran organizaciones que mejoran personas. Entre otros libros, es autor de El reto de humanizar, Serpientes y escaleras: el juego paradójico de la existencia, y la serie Gozo conformada por los títulos Contrastes, Encuentros, Asombro, Esperanza y Retratos.

Bibliografía

  • Cortina, Adela, Contrato y alianza, Madrid, Trotta, 2005.
  • Ética de la razón cordial, Oviedo, Nobel, 2007.
  • Ética mínima, Madrid, Tecnos, 1986.
  • Justicia cordial, Madrid, Trotta, 2010.
  • "Viabilidad de la ética en el mundo actual", en Revista Prometeo, número 41, México, 2004. Garza Cuéllar, Eduardo, "Adela Cortina, pensamiento que respira", en Retratos, México, Libros de Síntesis, 2022.Narváez, Leonel, Cultura política de perdón y reconciliación, Bogotá, Fundación para la Reconciliación, 2009.